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Año del Buen Servicio al Ciudadano
MIÉRCOLES 26

de julio de 2017

PERFILES

Fermín Fitzcarrald

Nunca se sabrá para qué lado se inclinará la balanza de sus pasos mientras no se tenga una información más cabal de quien fue en vida el ‘Rey del Caucho’, Fermín Fitzcarrald, famoso por haber descubierto el istmo que lleva su nombre, fundado Puerto Maldonado y haber inspirado la realización de una aclamada película. ¿Pionero del caucho o demonio amazónico? ¿Patriota de sacarse el sombrero o genocida de indígenas? A ello se suma el singular hecho de que su provincia natal lo honre con su apellido. Justo hoy, domingo 9 de julio, se conmemoran 120 años de la partida de tan polémico personaje.

9/7/2017


Domingo Tamariz Lúcar

Periodista

Carlos Fermín Fitzcarrald nació en San Luis de Huari, pequeño poblado del callejón de Huaylas, el 6 de julio de 1862. Hijo de un marinero estadounidense, Willian Fitzcarrald, y de una dama peruana, Esmeralda López, hizo sus primeros estudios en el colegio La Libertad de Huaraz y los concluyó en el Liceo Peruano de Lima, a los 16 años.

En 1859, al morir su padre, se afincó en Huánuco y Cerro de Pasco, localidades donde había estado anteriormente ayudando a su progenitor en la venta de mercaderías. En ese quehacer lo agarró la Guerra con Chile. Sus biógrafos sostienen que el muchacho se alistó en el Ejército y que, en esa condición, poco después fue detenido. Como no tenía papeles y, además, llevaba mapas de los ríos orientales, lo acusaron de espía, trance del que lo libró el párroco de Cerro de Pasco (1880).

Luego de este percance, el hombre se hizo humo. Durante varios años se estableció en la selva y, conviviendo con los nativos, se familiarizó con los secretos de esa región y explotó el caucho. Reapareció ocho años más tarde, como acaudalado cauchero, en la ciudad de Iquitos. Estaba entonces asociado al brasileño Manuel Cardozo da Rosa, con cuya hija se casó y tuvo cuatro niños.

Y en ese destino recorrió el Ucayali, el Urubamba y sus afluentes con el fin de hallar un paso hacia Madre de Dios. En una de aquellas travesías descubrió el llamado Istmo Fitzcarrald, “acontecimiento geográfico de gran trascendencia, pues permitió encontrar un punto de fácil acceso de la hoya del Ucayali hacia Madre de Dios”.

A su retorno a Iquitos adquirió una pequeña lancha a la que llamó Contamana y la puso en aguas, iniciando así su más larga y fantástica aventura. Con ella, ayudado por aborígenes de la región, surcó, en medio de privaciones, el Alto Ucayali y el Urubamba, hasta llegar a Madre de Dios. En uno de sus tres viajes descubrió un río al que en recuerdo de otro explorador de la selva llamó Maldonado; y en sus riberas fundó Puerto Maldonado. Estableció, así, una vía de comunicación entre el Cusco y Madre de Dios.

Ochenta años después, el cineasta alemán Werner Herzog hizo una película inspirado en esa proeza, protagonizada por Klaus Kinski y Claudia Cardinale. La filmación duró tres años y el resultado no pudo ser más exitoso: ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes y fue nominada para el Óscar a la Mejor Película Extranjera.

En reconocimiento a su encomiable labor, el Ministerio de Guerra le otorgó la exclusividad de la navegación en los ríos Ucayali, Urubamba, Manú y Madre de Dios. El llamado “oro blanco” estaba en todo su auge; y con sus utilidades, Fitzcarrald –se dice– pensaba organizar núcleos de colonización europea o invitar a industriales peruanos a la región, e inclusive proyectaba adquirir lanchas a vapor especialmente diseñadas para hacer más segura y rápida la comunicación con Iquitos y la exportación de productos de la selva. Sin embargo, su éxito tuvo también un lado perverso: la explotación a la que sometió a cientos de nativos de la selva.

Como explorador tuvo un gran mérito, porque no solo descubrió nuevos territorios, sino que además afirmó en ellos la soberanía peruana, rechazando incluso propuestas separatistas como, por ejemplo, la creación de la República del Acre, sugerida por caucheros brasileños.

Fitzcarrald había alcanzado la meta de sus sueños. Pudo en adelante tener una vida tranquila, explotando sus rutas comerciales, finalmente, al lado de su bella esposa y sus hijos. Acaso era lo que más deseaba cuando la muerte agazapada salió a propinar su estocada final al hombre que tantas veces la había burlado. Fue en un accidente fluvial ocurrido el 9 de julio de 1897 cuando, por descuido del motorista, la nave volcó y lanzó fuera de la borda a su socio Antonio Baca Díaz, a quien Fermín trató de rescatar de las aguas con tan mala suerte que la corriente sumergió a los dos. Falleció a la temprana edad de 35 años.