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Año del Buen Servicio al Ciudadano
MIÉRCOLES 26

de julio de 2017

PERFILES

José Luis Bustamante y Rivero

En este mes de la patria, es importante recordar a sus grandes forjadores, como José Luis Bustamante y Rivero, uno de los peruanos más eminentes del siglo XX: poeta, escritor, diplomático, presidente de la República, impulsor de nuestra soberanía marítima, mediador del litigio limítrofe que enfrentó a El Salvador y Honduras, ministro, senador vitalicio y, entre otros logros y honores, presidente de la Corte Internacional de La Haya. (De este último hecho, que nadie ha evocado, hace tres meses se conmemoró un aniversario de oro: 50 años, nada menos).

16/7/2017


DOMINGO TAMArIZ LÚCAR

Periodista

Su gobierno, que sucedió a una dictadura de veinticinco años, pugnó por llevar al país por la senda democrática tanto como ninguno otro lo había hecho antes. Pero las pasiones rebasaron su administración, y el hombre que –según algunos analistas políticos estaba hecho más para gobernar Suiza que el Perú– cayó por la fuerza de las armas. El país –a decir de Martín Adán– volvió a la normalidad, es decir, a la autocracia.

José Luis Bustamante y Rivero nació al pie del Misti el 15 de enero de 1894. Fue hijo de Manuel Bustamante y Barreda, abogado, y doña Victoria Rivero y Romero. Hizo sus primeros estudios en el colegio jesuita de San José, y los prosiguió en las universidades de San Agustín de Arequipa y de San Antonio Abad del Cusco. En esta última optó el grado de doctor en Letras, y en la primera se graduó de bachiller y doctor en Jurisprudencia y también de abogado. Diez años después obtuvo el grado de doctor en Ciencias Políticas y Económicas con un tema de coyuntura: el arbitraje peruano-chileno ante el derecho internacional (1929).

Paralelamente, cultivó la poesía, y en esa ruta ganó un concurso promovido por el diario El Heraldo con su poema “Ciudad que fue”, dedicado a la histórica Arequipa de sus ancestros. Por esos años, ya como abogado, presentó su Proyecto de Ley de Juzgados de Paz, que mereció el primer premio en un concurso promovido por el Colegio de Abogados de Arequipa.

Hombre de derecho y docente universitario, actividad a la que renunció cuando Leguía cercenó la autonomía universitaria, colaboró con el comandante Sánchez Cerro en la creencia de que las cosas iban a cambiar con la revolución. Mas no fue así. Al triunfar el levantamiento, Bustamante integró la Junta de Gobierno Cívico-Militar, y luego fungió de ministro de Justicia, Culto e Instrucción. Pero meses después se retiró, muy decepcionado.

En 1934, ingresó en el servicio diplomático como ministro plenipotenciario, y en 1942 fue nombrado embajador en La Paz. En 1945, siguiendo una inveterada costumbre, Prado le ofreció la candidatura a la presidencia de la República, pero él no la aceptó.

Entre tanto, nacía en Arequipa el Frente Democrático Nacional, que aglutinó a seis partidos, entre ellos el APRA. Y en ese azar, Haya de la Torre llegó incluso a entrevistarse con el mariscal Óscar R. Benavides, quien en esa etapa ya había desistido de postular. Sucedió entonces lo inesperado: un entendimiento entre estos dos personajes. Ni uno ni otro sería candidato. En la decisión final pesaría el gesto de Bustamante de haber renunciado a la candidatura oficial.

Y aunque por entonces no existían las encuestas, el triunfo de Bustamante estaba cantado. Lo que vendría después es historia conocida: la desinteligencia entre el presidente y el Partido Aprista Peruano, la lucha entre los poderes, la crisis económica y el asesinato Graña, que entramparía aún más la situación. Y, en esa perspectiva, el movimiento del 3 de octubre de 1948 y, veinticuatro días después, el cuartelazo de Odría.

De la gestión de Bustamante y Rivero merece resaltarse su audaz y revolucionaria tesis de las doscientas millas marinas.

Exiliado en Buenos Aires, escribió Tres años de lucha por la democracia en el Perú, documento en el que hace un análisis extraordinario de la realidad política y social del país.

En 1956, al retornar a Lima, fue elegido decano del Colegio de Abogados. En 1960 integró la Corte Internacional de La Haya, y siete años después fue elegido presidente del más alto tribunal del mundo.

Años más tarde, a solicitud de los gobiernos de El Salvador y Honduras, actuó como mediador de un viejo litigio fronterizo que enfrentaba a estos dos Estados. Con suma habilidad y justicia, el doctor Bustamante logró reconciliarlos.

En sus últimos años, de acuerdo con una disposición constitucional, fue senador vitalicio de la República. Su deceso ocurrió el 11 de enero de 1989, a cuatro días de cumplir los 95 años. El patricio reposa en el cementerio Municipal de Surquillo.